La reconozco, la veo venir, instalarse y después, como si nada, disiparse entre las rendijas del vaho de un café. Te espero, inmóvil, pétreo, embalsamado, cual figurín de museo viéndote pasar, dejar en el espacio (...), aún más frío, mis deseos encendidos de apagar las luces, cerrar las cortinas, hundirme en mi urna que siempre está dispuesta, con los brazos abiertos, para amarme como nadie. Pero esta noche, contigo. Las calles desoladas muestran los vestigios, tu paso por mi cuerpo, mis arterias, mis órganos. Oh tú! que sin piedad, sin amor, mas bien con furia apasionada, ensañada conmigo, te has llevado todo lo que me apegaba a esto que huele a Puerto, y a aquello que suena Rico. Mas de 3000 (…) arrancadas de raíz por tu exhalada mano gigante, que grita furiosa tu respiración reprimida, hambrienta de caos, de espíritus desencarnados. Veo ojos, deambulando, como bolas de billar recién empujadas, buscando la hebra de un camino conocido, que tú, hábilmente borraste, rompiste en mil pedazos, cual niño resentido que desprecia las hojas de un cuento acabado de escribir. Prefiero la certeza que encarna este dolor inagotable a las letras que intentan disipar las huella de tu paso. 64 me suena a caricia, comparado con la intensidad de algo sentido como violación de la naturaleza, de tu naturaleza, que en la prensa llaman, qué curioso, María? Eres la antítesis de una señora que he visto sentada en una esquina privilegiada de este museo, se presenta inmutable cada día, vendada, dándose aires. Debo reconocer que no me agrada su presencia ni su espectáculo, me hipnotiza con su balanza, siempre buscando equilibrio entre vacío y vacío. Intenta convencerme de la veracidad de sus letras, 64, para que olvide los (…) vestigios disipados, pequeñitos, brazas en mi cerebro, que ella llama, despectivamente, Creativo; y que esta noche, gimiente, abrazados en mi urna, susurra en tu oído: “que nadie sepa, a pesar de todo, te prefiero a ti, María”.
Medusa
